Cuando bajo al mercado a mezclarme con el pueblo llano me recorre una sensación extraña. Putrefacta. Acostumbrada a las alcobas relucientes y los perfumes cuidados de los jardines de palacio, sentirme envuelta de semejante inmundicia es, simplemente, vomitivo. Afortunadamente el pañuelo que cubre mi rostro, además de ocultarme, retiene el tufo de carne en descomposición, sudor oxidado de mi gente, mierda de los caballos de los comerciantes y demás aromas ofensivos que siempre inundan el mercado. Caminar sobre ese barro pegajoso, que parece querer retenerte, hace más desagradable si cabe la ronda que de vez en cuando me veo obligada a hacer cuando mis entrañas tienen hambre voraz de sexo prohibido.
Vi cómo se acercaba su comitiva, como cada tanto. Ella, custodiada por cuatro guardias personales, nos observaba oculta bajo una capucha y con su rostro parcialmente cubierto por un pañuelo. Un pañuelo que no escondía esos preciosos ojos negros que me hacían caer al abismo de mis fantasías más ocultas. Pero no es eso lo que me vuelve loca de ella. No. Ni ese cuerpo musculado y bien perfilado que sus anchas vestiduras no permiten adivinar y que hoy saboree. Tampoco. Lo que siempre aparece en mis sueños más húmedos y me hacía retorcer de placer en mis noches de insomnio provocado era ese garfio que suplía a su mano derecha y que tan bien se encarga de ocultar cuando visita el mercado. Cuando viene lo hace para llevarse a una chica medianamente agraciada. La gente explica tantas historias... la mayoría cree que la princesa secuestra a las chicas y las tortura con su arma de hierro hasta provocarles la muerte, como si fuera una especie de ritual. Yo prefiero pensar que abusa de ellas, que las penetra incansablemente con ese único dedo metálico y las retiene en las mazmorras de palacio donde tendría su harem personal. Y desde que tuve ese pensamiento deseo más que nada formar parte de él, sin miedo a estar equivocada.
Crucé la mirada con ella y me detuve, provocando que los dos guardias que iban tras de mí tropezaran conmigo. Desde que comencé mis raptos ninguna chica osaba mirarme, supongo que por miedo a que con ello yo me sintiera desafiada y se convirtiera así en mi próxima víctima. Era absurdo pensar que, a pesar de mi vestimenta y la de mi escolta, pudiera pasar desapercibida entre la escoria que abarrotaba el mercado, así que mi gente sabía quien era yo y qué iba a suceder. Pero ahí estaba ella, incendiando mi vientre y penetrando mi alma con su mirada teñida de un verde intenso, manteniendo mis ojos en los suyos como si quiera decirme que estaba allí para mí. Logré parpadear y fijarme en sus labios húmedos, recientemente lamidos y absolutamente apetitosos. "¿Me espera?¿Debo sucumbir y permitir que sea ella quien me atrape?". Esas preguntas absurdas desaparecieron cuando al repasar su cuerpo tropecé con sus pezones erectos. Se adivinaban rosáceos, desafiantes y agresivos bajo una fina tela blanca.
No pude desencadenarme de sus ojos hasta que dos manos férreas me aprisionaron. Me volví para zafarme pero permití que me llevaran al comprobar que eran dos guardas los que me llevaban. Al volver la vista al frente, ya no estaba. Desapareció entre el gentío dejando mi sexo al borde del abismo al que me llevó su mirada. Pude ver en ella que la perversión de sus entrañas se unía con mis fantasías oscuras. Me ofrecía lamer su hierro después de hacerlo ella. Lo hacía descender por mi mentón y lo marcaba poco a poco en mi cuello mientras su lengua resbalaba por mis labios. Rodeaba mi pecho punzando mi piel antes de devorar salvajemente mi pezón, solo por un segundo de lujuria desbocada. Después me atrapaba con sus ojos y me comenzaba a marcar un camino de fuego, como abriéndome en canal, desde el esternón hasta la ingle. Y allí, entre mis piernas, ocultaba su boca.
No me equivoqué. Su entrepierna de fuego era solo una señal externa del ardor que escondía ese cuerpo de pecado. El vicio y la perversión que corren por sus venas se asemejan tanto a mi sangre… Mis víctimas hasta ahora pedían, imploraban clemencia ante mis ataques desbocados. El miedo no les permitía descubrir el verdadero placer que se esconde tras el dolor que imparto con suma dulzura. Pero ella… ella me desafía y me obliga a llegar más lejos de lo imaginado. El sabor de su boca me pervierte, el de su sexo me incendia y el de su sangre… me hace delirar. No sé si quiero volver a mirarla. De momento solo me permito trazar líneas rojas sin sentido en su espalda, aunque sé que cuando comience a borrarlas con la lengua comenzará un camino sin retorno. Aquel que la llevará al más enorme orgasmo previo a la muerte. Ese que ella desea mucho más que yo.