- En una de las charlas con su marido, él me confesó que le obliga a perfumarse antes de hacer el amor.
La afirmación del terapeuta matrimonial la pilló por sorpresa, pero intentó disimular. Permaneció estirada en el diván, inmóvil, con la mirada perdida en la pared de enfrente. Lo que no pudo detener fueron los flashes de recuerdos que le sobrevinieron. Uno tras otro, como si alguien hubiera estado tomando fotos en aquella habitación tres años atras y ahora las estuviera viendo pasar ante sus ojos.
- En la primera entrevista que tuvimos -prosiguió- no me consta que usted ni Jorge me comentaran que tuviera fobia a ningún tipo de olor fuerte. Entiendo que ustedes pertenecen a una clase social bastante... refinada, por así decirlo; pero de ahí a romper una situación íntima para que todo huela bien...
La mente de Silvia ya no estaba en aquel lugar, ni tan siquiera en aquel momento. Se había transportado a un bar de mala muerte, la noche de su despedida de soltera. Estaba algo bebida y bailaba con sus amigas cuando sintió como aquella mano, aquellos cinco dedos, le agarraban la nalga derecha. La voz profunda que oyó susurrarle al oído le confirmó que esa fuerza debía provenir de un hombre rudo. Pero aquel olor... aquel olor penetrante a hombre fue lo que la hizo perder el control aquella noche. No el alcohol, ni el deseo desmedido de aquella mujer que se ba a casar virgen a los 26 años. Aquel perfume de macho en celo la penetró hasta las entrañas y la hizo mojarse al recibir un beso sin afeitar en su impecable cutis. El terapeuta seguía en el presente, esforzándose por traer a Silvia de vuelta.
- ¿Sabe lo que dijo Woody Allen? En una de estas cenas de gala después de la presentación de una de sus películas, oyó una conversación en uno de los corrillos que se formaron alrededor de las mesas de canapés. Escuchó que alguien afirmaba que el sexo era algo sucio y él no pudo evitar entrometerse diciendo: “¿Es sucio el sexo? Sólo si se hace bien”.
Silvia reaccionó a la defensiva. Se sintió ofendida y menospreciada.
- ¡No necesariamente! El sexo puede ser hermoso y perfecto con aromas de rosas y con sábanas limpias. De hecho, es de esa manera cuando más se disfruta. Cuando todo está en armonía y los cinco sentidos están dispuestos y entregados al placer. Y ahora, si me disculpa, debo irme. Nos hemos demorado demasiado y debo volver a casa.
No pudo aguantar. Al salir de la consulta entró en el bar más cercano, pidió un té y preguntó donde se encontraba el baño. Allí abrió el bolso y de él sacó el juguete con el que tres años atrás aquel mastodonte la sodomizó. Con los ojos cerrados, de pie, vistiendo tacones de aguja, la falda enrollada sobre sus caderas y las bragas por los tobillos empapadas en una mezcla de flujo y orina del suelo, comenzó a masturbarse recordando aquella sucia noche. Ya no eran imágenes lo que le invadían la mente, sino una mezcla salvaje de frases obscenas, sabores amargos, fluídos esparcidos, gritos soeces y dolores placenteros. Y como aquella noche saboreó la sangre, esta vez la suya, que brotó de la mano mordida por un orgasmo brutal. Y sucio.
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