sábado, 27 de marzo de 2010

Fruta prohibida

Es fruta prohibida. No debió ni siquiera pensar en rozarla pero le fue imposible. Empezó imaginando sus abrazos cálidos y llenos de ternura. Sólo quería que su mente lo llevara a saborear el calor del roce de la espalda de Isabel en las yemas de sus propios dedos. No pensó ni por un segundo que su mente tenía todavía más hambre que su cuerpo. Pasó todo muy deprisa. No se esperó verla en casa a esas horas. Y menos que estuvieran a solas.

Dos besos y ... un abrazo espontáneo. En ese abrazo le sorprendió la suavidad de su pelo. Y su olor. Y lo cómodo que estaba, como si el cuerpo de Isabel fuera el molde con el que hicieran el suyo propio. Encajaban. El mentón de Carlos se acomodó en el hombro de ella. ¡Qué aroma! ¡Qué calor desprendía ese cuello! Desaparecieron las ropas. De repente sus manos exploraban el cuerpo desnudo de Isabel. A pesar de estar ruborizado al notar como su sexo palpitante y creciente rozaba los muslos de ella, Carlos no dejó pasar la oportunidad. Apresó su cuello haciéndola gemir con un primer mordisco. Pronunció su nombre: "Carlos ... no sigas, por favor. No podemos ...". Él respondió hincando sus dedos en las nalgas de ella y lamiendo lascivamente su cara hasta profundizar con su lengua en la boca de Isabel. "Párame . Dime que no quieres y me apart...". Isabel lo agarró del pelo en un intento vano de llevar la iniciativa con un beso apasionado. Carlos podía con ella. Su fuego adolescente era mucho más virulento.

La llevó contra la pared. Isabel prendía y su sexo se empapaba al imaginarse levantada en volandas. Tendría la espalda magullada, sí. Pero sentirse penetrada salvajemente por Carlos, absorbiendo su mirada poseída, bien valía la pena. Pero no. Su pupilo le tenía reservada una sorpresa. Comenzó a lamer apasionado sus pechos; a besarlos y magrearlos como si nunca lo hubiera hecho. Succionaba los pezones de Isabel hasta hacerla quejarse de ese agradable dolor placentero. Descendió por su vientre hasta beber de ella. Con la boca abierta. Sin reparos. Impregnando toda su lengua del placer líquido de Isabel que ya mojaban sus muslos. Carlos hizo que los acomodara sobre sus hombros y aprovechó para elevarla. Isabel se sentía volar. Con su espalda sobre la pared, los pies al aire y las manos en la nuca de él, entregado a su placer. La lengua de su amante prohibido bebía de ella una y otra vez. Insaciable.

Tras su segundo orgasmo, Isabel estaba exhausta. Ese chico la había hecho sentir más deseada que nunca. Y debía agradecérselo. Debía complacerlo como nunca antes lo hicieron ... a pesar de ser su hijastro.

viernes, 26 de marzo de 2010

Por sorpresa


Me arrancó la ropa sin ningún tipo de miramientos, con hambre, con deseo animal, con fiereza. Vino hacia mi decidida y metió la lengua en mi boca sin mediar palabra y con fuerza hizo saltar los botones de mi camisa. Arañaba mi pecho mientras profundiaba en mí, y con la otra mano zafaba a mi sexo de su prisión. El cinturón y los pantalones cayeron al suelo. Sus labios se separaron de los míos y su aliento, ya liberado, me abrasó el cuello, el pecho, el vientre....

Sólo acerté a ver su cabello cubriéndome. El calor de su lengua, el ímpetu de su boca succionándome, sus gemidos en el momento en el que mi virilidad descargaba en su garganta ... Reconocería su sabor, su tacto, sus suspiros ... pero no el rostro de esa hembra salvaje que me asaltó aquella madrugada en la parada de autobuses.

domingo, 21 de marzo de 2010

Acaba conmigo


Quiero que me folles.
Aquí. Ahora.

Que tus besos sean mordiscos endiablados
Que tus caricias marquen tus uñas en mi piel
Que tus ojos tiernos usen su mirada incendiaria

Cabálgame sin pausa.
Intenso. Profundo.

Observa mi lujuria desde lo alto de tu montura.
Dame a lamer tus dedos impregnados de tu miel
Siente mi ser ardiente penetrando en tu interior

Ofréceme tu sexo.
Ambriento. Deseoso

Bríndame el cáliz del placer de tu entrepierna
Vive en tu entrañas el correteo de mi lengua
Deja que tus caderas quemen libres la pasión

Cómeme sin reparo.
Profundo. Intenso.

Lame mi sentir con tu lengua sedienta
Tómame en tus manos con toda tu fuerza
Sacude el aliento de mi abrasado vientre

Traicionemos la cordura.
Ahora. Siempre.

Volquémonos en sentir el placer del otro
Alimentemos nuestras almas del orfgasmo
Rindámonos al placer de nuestros cuerpos

lunes, 15 de marzo de 2010

Enfermo


Desea que se acabe el instituto cuanto antes. Los años anteriores disfrutaba viendo y admirando los cuerpos de sus alumnas de último curso de ESO en su clase de educación física, pero entonces se le pasaba la calentura follándose a su mujer al llegar a casa. Ahora, después de su última infidelidad, las piernas de ella piernas permanecen cerradas por un tiempo indefinido y el desahogo de sus pajas no le alivia como aquellos polvos salvajes.

Es mediada la primavera. Los fríos de marzo desaparecieron para dar paso, en esta ya primera semana de mayo, a los calores que anuncian la llegada del verano. Las chicas llegan ya sin medias para el uniforme. Sus camisas blancas dan forma a sus pechos en pleno desarrollo y la liberación de los botones superiores muestra en ocasiones algo de su ropa interior. Ramón debe hacer esfuerzos para evitar las erecciones de su imponente miembro en plena clase. No es tarea fácil ya que está rodeado de adolescentes de entre 15 y 16 años de cuerpos turgentes y carnes prietas. Chicas que comienzan a practicar su sexualidad y que, en una clase distendida como es la de su asignatura, dejan ir comentarios que creen inaudibles para el profesor. Si supieran ellas la mitad de barbaridades que a él se le pasan por la cabeza estas últimas semanas ... "Ojalá pudiera daros clases prácticas de lo que hacer con vuestros novietes", masculló entre dientes.

Se imaginaba con un grupo selecto de 4 alumnas, las más desarrolladas para su edad. 3 de ellas solían formar corrillo en la clase del lunes por la mañana para ponerse al día de las evoluciones del fin de semana. "Dejé que se corriera en mi boca". "¿En serio? ¡Qué fuerte! A mí me lo ha pedido pero no me atrevo". "¿Te lo tragaste todo? ¿A qué sabe?". Se veía teniendo a las tres de rodillas ante él, explicándoles como debían meterse su enorme polla en la boca para poder tragársela entera. "Haréis volar a vuestros novios", les decía a dos de ellas mientras la tercera casi no podia respirar con semejante miembro rozando con el glande su garganta.

Mientras, Silvia miraba la escena abierta de piernas acariciando su sexo con la yema de los dedos por encima de sus braguitas rosas. Se rumoreaba en el instituto que se sentó en el regazo del padre Tomás con las piernas abierta y frente a él, y que comenzó a lamerle la oreja diciéndole: "Fólleme, padre. Estoy poseída y sólo el semen de su sagrada polla puede liberarme del demonio que arde en mi vientre. Ensarte su verga entre mis piernas ahora que estamos solos". Nunca se supo con certeza si la historia es real, ya que el padre Tomás murió de un ataque al corazón en esa tutoría individual con Silvia. Tenía la sotana totalmente abotonada cuando llegó la asistencia sanitaria, pero también una erección digna del mismísimo Ramón.

Gracias a esta fama Silvia esperaba paciente el final de la lección de las aprendices. Era cruel ya que se ponía a cuatro patas y se daba azotes con la mano en su culo ya desnudo. Estaba empapada esperando que la enorme polla de su maestro la atravesara. Pero en esta ocasión no fue como ella esperaba. Cuando llegó él le hizo bajar la cabeza hasta el suelo para tener más accesible su ano. "¿Ya te imaginas de qué va la clase avanzada de hoy?". Ramón lamió el sexo rezumante de Silvia y ascendió hasta llegar a humedecer el pequeño orificio que se disponía a perpetrar. "Hoy, el placer del dolor". Y nada más pronunciar esas palabras introdujo sólo el glande lubricado con saliva adolescente. El grito desgarrador de la chica cubrió la estancia pero el maestro no se detuvo. Con ritmo firme fue adentrándose en las entrañas de la joven que mordía la colchoneta sobre la que estaba siendo sodomizada. Ante la mirada atónita de las aprendices, las caderas la Silvia comenzaban a ser las que empujaban. Su mano derecha se acercó a su sexo encharcado para masturbarse, pero un golpe seco de Ramón que hizo desaparecer su polla dentro de ella la hizo retroceder. Fue entonces, después de otro alarido, cuando profirió las únicas palabras inteligibles que salieron de su boca: "Sal de mi culo sin haberte corrido, cabrón, y te juro que te mato, hijo de la gran puta".

Y se corrió. Rodeado de la mezcla de diferentes olores de jabón y perfumes que flotaban en el vacío vestuario de las chicas, y pensando en ésas que le hacían masturbarse allí cada lunes al finalizar la clase.

domingo, 14 de marzo de 2010

Ama(nte) de casa


Son las 11.30 y en ese preciso instante le gustaría saber dónde narices se ha ido el tiempo con el que contaba al despertarse. Al echar la vista atrás es capaz de visualizar todo el recorrido y darse cuenta de la tragedia: despertar a su marido, lavarse la cara, preparar el desayuno de los cuatro, despertar a los críos e intentar despertar de nuevo a su marido, tranquilizar a las fieras para que coman algo, vestir a la pequeña, llevarlos al cole, ir al mercado a comprar, pasar por la peluquería y pedir hora para el sábado por la mañana, descargar y organizar la compra, …

Se detuvo a las 11.30 cuando estaba metiendo la verdura en la nevera. No había parado un solo segundo en las últimas 6 semanas. Se dio cuenta que necesitaba un tiempo para ella. Se lo estaba diciendo el pepino que sostenía en sus manos. Esa verdura, tan tremendamente fálica, dura, rugosa y potente le estaba pidiendo que se dedicara unos minutos a ella. Lo necesitaba. Comenzó a acariciarlo suavemente descubriendo con las yemas de sus dedos cada irregularidad de su forma. Imaginó cómo podría ser la sensación de tenerlo contra su piel, descendiendo por su vientre …

De repente se notó empapada. El fuego comenzó en su vientre y se extendió rápidamente por sus piernas, sus pechos, sus brazos y su boca. Lamió sus labios y deseó ser poseída por esa enorme verga vegetal. Su marido volvía a rechazarla en su tercer embarazo desde el momento en que la barriguita dejaba entrever la vida que crecía en su interior. Llevaba tres meses de abstinencia sexual y su deseo necesitaba ser saciado de inmediato. Entonces recordó el regalo que le hizo su mejor amiga cuando le dijo que esperaba un bebé: una enorme polla de silicona rosa. “No permitas que vuelva a ahogarte”. Aún estaba empaquetada. Pero dentro de su envoltorio de plástico, bajo las toallas y aún estando dentro del armario creía oírla. “Libérame. ¡Libérate!”.

Se fue a la habitación, abrió las puertas del armario y tomó el consolador en su mano. Con una habilidad impropia en ella lo despojó del envoltorio y, sin pensarlo un momento, se lo llevó a la boca. No atendió a su sabor ni a su olor. Su único deseo era sentirla, rodearla con sus labios y acomodarla en su lengua para darle el placer que su hombre le negaba. Sus pezones estaban a punto de perforar la blusa. Las piernas le temblaban mientras sus dedos comenzaban a empaparse del flujo que ya descendía por ellas. Sus gemidos anunciaban el orgasmo que acababa de tener al sentir ese glande gomoso tocar casi la garganta. Pero quería más. Necesitaba más.

Se estiró en la cama. Los botones salieron disparados en todas direcciones al abrirse violentamente la blusa. Sobraban los miramientos. Su piel moría por un cuerpo caliente sobre el suyo, aunque fuera empapado de su propia saliva y del tamaño de un mando a distancia. Mientras con una mano ascendía desde la ingle hasta aprisionar y magrear sus pechos, la otra recorría en sentido contrario su cuerpo. La vio escalar su barriga lentamente hasta desaparecer tras la cima. Ese miembro de color antinatural pareció encontrar rápidamente el camino. Un solo roce al clítoris, unas suaves caricias en sus labios y la penetró enteramente. Su mano le propiciaba un ritmo frenético. Gemía, lloraba. Los dientes maltrataban sus labios y sus dedos pellizcaban salvajemente los pezones. El mundo entero se esfumó ante tanto placer. Esa verga rosa le estaba dando todo lo que su hombre nunca le dio en los momentos que ella más lo ansiaba. Gritaba desquiciada. Mordía la almohada, estrujaba las sábanas como si de agarrarse a ellas dependiera su vida. Los orgasmos se sucedían uno tras otro y, en lugar de sentirse satisfecha, lo que hacían era alimentar su hambre de sexo.

Fue una hora de éxtasis interrumpida por la obligación de ir a recoger a los niños al colegio. Intentó recomponer su imagen ante el espejo con una nueva camisa. Salió de casa con una cara renovada. Se lo dijo el espejo, y también la mirada del vecino con el que coincidió en el ascensor. Y también el bulto prominente de su entrepierna.

viernes, 12 de marzo de 2010

Amante desamado

Lo ha hecho cientos de veces en los últimos 10 años. La primera vez que se acuesta con una mujer siempre se levanta de madrugada y se sienta, desnudo, en la butaca que adorna una esquina de la habitación. Desde allí la ve, dormida y también desnuda, revuelta con las sábanas. Esa noche las agota. Su experiencia en las artes amatorias ha hecho de él un juguete sexual perfecto. No es un portento físico, ni un hombre especialmente guapo pero tiene algo que las atrae. Y él sólo necesita un beso y una caricia en el cuello para saber qué desean.

Tras el coqueteo y el juego de miradas llega el beso. Un roce de labios inicial y luego otro más intenso. Al poseer el labio inferior de ella comienza lo que él denomina para sí el "volcado de lujuria". Las yemas de sus dedos, extremadamente sensibles, se deslizan por el cuello de ella mientras el beso se apasiona. Los movimientos de la lengua de ella, la actitud de su boca, el cambio en la piel del cuello, el ritmo cardíaco en la aorta ..... instintivamente él es capaz de analizar todas esas variables y descubrir la llave y el camino que le llevarán a destapar la caja de Pandora de esa mujer.

La melodía siempre es in crescendo. Comienzan sus manos, sus labios ... los suspiros le indican que siga por ahí un poco más, un leve gemido le hace saber que se abre una autopista. La lengua de él serpentea y las manos de ella dan pistas. El sexo potente espera el momento en el que ella suplique cuando y cómo. Él sólo recorre el camino que ella va abriendo y se adentra en la oscuridad del deseo obsceno. En ese momento ella cree enloquecer. El miedo racional del tabú se empequeñece; el placer irracional fluye empapándola haciendo que pierda la cordura. Sólo queda un paso para desatar el delirio. Él, llave en mano, penetra sin compasión y hace estallar en mil pedazos la caja de ocultas perversiones; el baúl de placeres infinitos.

Acaban exhaustas. Las lleva a límites que no eran capaces de imaginar hasta caer rendidas, agotadas. Es entonces cuando él disfruta en su butaca. Cierra los ojos e imagina a esa mujer despertando con él cada mañana, compartiendo sonrisas cómplices en una reunión de amigos o paseando de la mano por un parque. Con la mano ya entre las piernas, se ve haciéndole el amor con una mirada tierna, acariciándole el vientre que alimenta a su futuro hijo, diciéndole "te quiero" a su alma gemela de envoltorio arrugado. Es ese el momento de su éxtasis; el instante en el que él se descubre. Porque nadie más que él es capaz de encontrar su caja.

De momento.

martes, 9 de marzo de 2010

Devoradora



En esta ocasión quiso quedar en un sitio público y lleno de gente. Se verían en una cafetería, conversarían amablemente y después, si todo iba bien, podrían cenar en un restaurante dos calles más arriba. Al acabar la velada ella pediría un taxi para volver a casa sola. Nada de copas. Nada de compañía.

Se propuso vestir ropa ancha para no marcar sus curvas. Un vestido largo de tirantes era la prenda ideal. “Cuanto menos lo provoque, menos me excitaré yo”, pensó. Necesitaba poder conocer a un hombre y no imaginárselo desnudo en su cama nada más tenerlo enfrente. Por eso pretendía pasar desapercibida y no destacar ningún detalle de su cuerpo escultural en una primera cita. “Habla con él. Escúchalo”, se iba repitiendo mientras caminaba. Estaba nerviosa, pero convencida de que en esta ocasión lo lograría, aunque al verlo se dio cuenta enseguida de que no sería tarea fácil.

Dos besos de rigor. “No se ha afeitado. Apenas huelo su perfume pero … sí su aroma. Y me encanta”. Comenzó con mal pie. Que él no se hubiera arreglado en el último momento para verla le hizo pensar que posiblemente el no querría otra cosa que no fuera compartir un ratito con ella tomando un café. O mejor dicho, le hizo preguntarse por qué no quería otra cosa. Y eso la excitaba. Aún así, pudo controlarse y atender a sus palabras y al movimiento de su lengua al chupar la cucharilla del café, supo que era supervisor de cuentas y lo imaginó apareciendo por su espalda para corregirle un cálculo que tenía en pantalla, le dijo que tenía como hobby la fotografía y se vio posando desnuda para él …

Se lo hubiera comido a besos, y más al ver su cara cuando le avisó que le quedaba un rastro de chocolatina en los labios; pero precisamente quiso que se lo limpiara para no lamerlo ella al despedirse. De todas maneras, alargaron la cita. Se vio fuerte para aguantar también la cena y no sucumbir a esos ojos encantadores que en alguna ocasión había sorprendido intentando adivinar los limites de su silueta. Sus pechos, entonces, querían tomar protagonismo gritando “¡Estamos aquí!”. Sus gestos escondían el placer que le proporcionaba rozar con sus pezones erectos la tela del vestido, aún llevando ropa interior.

Fue un error. Lo supo al tenerlo ante él leyendo la carta. Sus masculinos dedos parecían acariciar la carta mientra leía. Sus labios vocalizaban en silencio palabras que ella interpretaba como obscenas. Los platos que tenía entre manos tampoco ayudaban; si no era su nombre, era la rima la que provocaba en ella pensamientos lujuriosos. Tenía calor. Le sobraba el vestido y necesitaba recogerse el pelo. La copa de cava que les habían ofrecido como entrante mientras decidían los platos ya se había esfumado y a ella le urgía refrescarse de algún modo. Decidió levantarse para lavarse un poco la cara. No se iría. Debía ser fuerte. Debía aguantar el tipo … y de paso volver a sentir su aroma al acercarse a su cuello.

- ¿Quieres que te pida algo si vienen a tomar nota?
- Rabo de ternera en lecho de cebolla.


No esperaba la pregunta. La respuesta salió de sus entrañas. Ya había perdido.