viernes, 2 de abril de 2010

Deseos matutinos


Siempre comienzo con un abrazo o una caricia suave. Me sería imposible acercarme a tu piel sin enseñar miscredenciales. Hoy, por ejemplo, comencé dibujando garabatos en tu nuca aprovechando que me dabas la espalda. Dormías. O puede que fingieras que dormías. Pero eso, ahora que te miro y tu sonrisa está atenta a mi historia, no importa.

Como te decía, tracé al azar líneas curvas en tu nuca, con la intensidad suficiente como para que no te provocaran cosquillas. Mi intención sólo fue disfrutar del tacto de tu espalda desnuda, y empecé por arriba para después seguir por tus hombros en mi recorrido serpenteante. Mi mirada no acompañaba mis dedos, sino que se ocupaba de investigar el futuro terreno que debía ser explorado. La noche anterior sucumbieron a mis garras y fauces tus pechos, tu vientre, tus piernas y la delicia que escondes entre ellas. Anoche, además, pudieron las vísceras y el insaciable deseo al gozo pausado y lento del calor de nuestros cuerpos. Por eso, quise descubrirte lentamente la espalda. Y tus nalgas, que hace unas horas aprisionaba mientras me cabalgabas y clavabas tus uñas en mi pecho.

A medio trayecto ronroneaste y te acomodaste, y tras una parada prudente para no despertarte continué mi camino. En ese momento mis ojos volvieron al inicio para centrarse en tu cuello. Mis caricias en tu cadera me traían a la mente su movimiento desbocado, sus golpeos contra mí buscando ese placer infinito y desbordante. Y cuando mis manos ardientes quisieron bajar la ladera de tu vientre, te volviste hacia mí con los ojos aún cerrados.

Tu mano en mi pecho hizo que me estirara. Tus ronroneos se acercaban en busca de mí, pero no quisiste mis besos. "Mis labios son intocables por los tuyos de buena mañana", y sólo pronunciar esas palabras me besaste en la mejilla, para acercarte a mi oreja y pasar de allí a mi cuello. No me resistí. Mis dedos se enredaron en tu preciosa cabellera rubia a la vez que tu lengua comenzaba a hacer diabluras. Yo, sonreía contento al recordar cuando, anoche, cómo es de intensa mi debilidad en ese punto. Y tú también lo recordabas perfectamente porque me hiciste gemir enseguida, y acto seguido tu mano se escurrió entre mis piernas dispuesta a poseerme.

No te fuiste con rodeos. Te despediste de mí con un "buenos días" susurrado al oído y desapareciste más allá de mi pecho. Sabías que no iba a poder estar quieto y, tal vez por eso o impulsada por tu propio deseo, ofreciste a mi boca tu sexo desnudo a la vez que recibías el mío en la tuya.

Nos dimos placer durante largo rato. Pausadamente, como queriendo disfrutar de la calma que nos fue prohibida anoche. Saboreando cada momento, gozando de cada gemido propio y del otro, de cada movimiento, de cada caricia dada y recibida, de cada convulsión de nuestros cuerpos y de cada gota de placer del otro.

¿Sabes lo mejor de todo? Que no sé si disfruto más de los orgasmos que me provocas o de tu carita mientras me miras al explicarte esto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada