
En esta ocasión quiso quedar en un sitio público y lleno de gente. Se verían en una cafetería, conversarían amablemente y después, si todo iba bien, podrían cenar en un restaurante dos calles más arriba. Al acabar la velada ella pediría un taxi para volver a casa sola. Nada de copas. Nada de compañía.
Se propuso vestir ropa ancha para no marcar sus curvas. Un vestido largo de tirantes era la prenda ideal. “Cuanto menos lo provoque, menos me excitaré yo”, pensó. Necesitaba poder conocer a un hombre y no imaginárselo desnudo en su cama nada más tenerlo enfrente. Por eso pretendía pasar desapercibida y no destacar ningún detalle de su cuerpo escultural en una primera cita. “Habla con él. Escúchalo”, se iba repitiendo mientras caminaba. Estaba nerviosa, pero convencida de que en esta ocasión lo lograría, aunque al verlo se dio cuenta enseguida de que no sería tarea fácil.
Dos besos de rigor. “No se ha afeitado. Apenas huelo su perfume pero … sí su aroma. Y me encanta”. Comenzó con mal pie. Que él no se hubiera arreglado en el último momento para verla le hizo pensar que posiblemente el no querría otra cosa que no fuera compartir un ratito con ella tomando un café. O mejor dicho, le hizo preguntarse por qué no quería otra cosa. Y eso la excitaba. Aún así, pudo controlarse y atender a sus palabras y al movimiento de su lengua al chupar la cucharilla del café, supo que era supervisor de cuentas y lo imaginó apareciendo por su espalda para corregirle un cálculo que tenía en pantalla, le dijo que tenía como hobby la fotografía y se vio posando desnuda para él …
Se lo hubiera comido a besos, y más al ver su cara cuando le avisó que le quedaba un rastro de chocolatina en los labios; pero precisamente quiso que se lo limpiara para no lamerlo ella al despedirse. De todas maneras, alargaron la cita. Se vio fuerte para aguantar también la cena y no sucumbir a esos ojos encantadores que en alguna ocasión había sorprendido intentando adivinar los limites de su silueta. Sus pechos, entonces, querían tomar protagonismo gritando “¡Estamos aquí!”. Sus gestos escondían el placer que le proporcionaba rozar con sus pezones erectos la tela del vestido, aún llevando ropa interior.
Fue un error. Lo supo al tenerlo ante él leyendo la carta. Sus masculinos dedos parecían acariciar la carta mientra leía. Sus labios vocalizaban en silencio palabras que ella interpretaba como obscenas. Los platos que tenía entre manos tampoco ayudaban; si no era su nombre, era la rima la que provocaba en ella pensamientos lujuriosos. Tenía calor. Le sobraba el vestido y necesitaba recogerse el pelo. La copa de cava que les habían ofrecido como entrante mientras decidían los platos ya se había esfumado y a ella le urgía refrescarse de algún modo. Decidió levantarse para lavarse un poco la cara. No se iría. Debía ser fuerte. Debía aguantar el tipo … y de paso volver a sentir su aroma al acercarse a su cuello.
- ¿Quieres que te pida algo si vienen a tomar nota?
- Rabo de ternera en lecho de cebolla.
No esperaba la pregunta. La respuesta salió de sus entrañas. Ya había perdido.
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