
Son las 11.30 y en ese preciso instante le gustaría saber dónde narices se ha ido el tiempo con el que contaba al despertarse. Al echar la vista atrás es capaz de visualizar todo el recorrido y darse cuenta de la tragedia: despertar a su marido, lavarse la cara, preparar el desayuno de los cuatro, despertar a los críos e intentar despertar de nuevo a su marido, tranquilizar a las fieras para que coman algo, vestir a la pequeña, llevarlos al cole, ir al mercado a comprar, pasar por la peluquería y pedir hora para el sábado por la mañana, descargar y organizar la compra, …
Se detuvo a las 11.30 cuando estaba metiendo la verdura en la nevera. No había parado un solo segundo en las últimas 6 semanas. Se dio cuenta que necesitaba un tiempo para ella. Se lo estaba diciendo el pepino que sostenía en sus manos. Esa verdura, tan tremendamente fálica, dura, rugosa y potente le estaba pidiendo que se dedicara unos minutos a ella. Lo necesitaba. Comenzó a acariciarlo suavemente descubriendo con las yemas de sus dedos cada irregularidad de su forma. Imaginó cómo podría ser la sensación de tenerlo contra su piel, descendiendo por su vientre …
De repente se notó empapada. El fuego comenzó en su vientre y se extendió rápidamente por sus piernas, sus pechos, sus brazos y su boca. Lamió sus labios y deseó ser poseída por esa enorme verga vegetal. Su marido volvía a rechazarla en su tercer embarazo desde el momento en que la barriguita dejaba entrever la vida que crecía en su interior. Llevaba tres meses de abstinencia sexual y su deseo necesitaba ser saciado de inmediato. Entonces recordó el regalo que le hizo su mejor amiga cuando le dijo que esperaba un bebé: una enorme polla de silicona rosa. “No permitas que vuelva a ahogarte”. Aún estaba empaquetada. Pero dentro de su envoltorio de plástico, bajo las toallas y aún estando dentro del armario creía oírla. “Libérame. ¡Libérate!”.
Se fue a la habitación, abrió las puertas del armario y tomó el consolador en su mano. Con una habilidad impropia en ella lo despojó del envoltorio y, sin pensarlo un momento, se lo llevó a la boca. No atendió a su sabor ni a su olor. Su único deseo era sentirla, rodearla con sus labios y acomodarla en su lengua para darle el placer que su hombre le negaba. Sus pezones estaban a punto de perforar la blusa. Las piernas le temblaban mientras sus dedos comenzaban a empaparse del flujo que ya descendía por ellas. Sus gemidos anunciaban el orgasmo que acababa de tener al sentir ese glande gomoso tocar casi la garganta. Pero quería más. Necesitaba más.
Se estiró en la cama. Los botones salieron disparados en todas direcciones al abrirse violentamente la blusa. Sobraban los miramientos. Su piel moría por un cuerpo caliente sobre el suyo, aunque fuera empapado de su propia saliva y del tamaño de un mando a distancia. Mientras con una mano ascendía desde la ingle hasta aprisionar y magrear sus pechos, la otra recorría en sentido contrario su cuerpo. La vio escalar su barriga lentamente hasta desaparecer tras la cima. Ese miembro de color antinatural pareció encontrar rápidamente el camino. Un solo roce al clítoris, unas suaves caricias en sus labios y la penetró enteramente. Su mano le propiciaba un ritmo frenético. Gemía, lloraba. Los dientes maltrataban sus labios y sus dedos pellizcaban salvajemente los pezones. El mundo entero se esfumó ante tanto placer. Esa verga rosa le estaba dando todo lo que su hombre nunca le dio en los momentos que ella más lo ansiaba. Gritaba desquiciada. Mordía la almohada, estrujaba las sábanas como si de agarrarse a ellas dependiera su vida. Los orgasmos se sucedían uno tras otro y, en lugar de sentirse satisfecha, lo que hacían era alimentar su hambre de sexo.
Fue una hora de éxtasis interrumpida por la obligación de ir a recoger a los niños al colegio. Intentó recomponer su imagen ante el espejo con una nueva camisa. Salió de casa con una cara renovada. Se lo dijo el espejo, y también la mirada del vecino con el que coincidió en el ascensor. Y también el bulto prominente de su entrepierna.
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