Cuando bajo al mercado a mezclarme con el pueblo llano me recorre una sensación extraña. Putrefacta. Acostumbrada a las alcobas relucientes y los perfumes cuidados de los jardines de palacio, sentirme envuelta de semejante inmundicia es, simplemente, vomitivo. Afortunadamente el pañuelo que cubre mi rostro, además de ocultarme, retiene el tufo de carne en descomposición, sudor oxidado de mi gente, mierda de los caballos de los comerciantes y demás aromas ofensivos que siempre inundan el mercado. Caminar sobre ese barro pegajoso, que parece querer retenerte, hace más desagradable si cabe la ronda que de vez en cuando me veo obligada a hacer cuando mis entrañas tienen hambre voraz de sexo prohibido.
Vi cómo se acercaba su comitiva, como cada tanto. Ella, custodiada por cuatro guardias personales, nos observaba oculta bajo una capucha y con su rostro parcialmente cubierto por un pañuelo. Un pañuelo que no escondía esos preciosos ojos negros que me hacían caer al abismo de mis fantasías más ocultas. Pero no es eso lo que me vuelve loca de ella. No. Ni ese cuerpo musculado y bien perfilado que sus anchas vestiduras no permiten adivinar y que hoy saboree. Tampoco. Lo que siempre aparece en mis sueños más húmedos y me hacía retorcer de placer en mis noches de insomnio provocado era ese garfio que suplía a su mano derecha y que tan bien se encarga de ocultar cuando visita el mercado. Cuando viene lo hace para llevarse a una chica medianamente agraciada. La gente explica tantas historias... la mayoría cree que la princesa secuestra a las chicas y las tortura con su arma de hierro hasta provocarles la muerte, como si fuera una especie de ritual. Yo prefiero pensar que abusa de ellas, que las penetra incansablemente con ese único dedo metálico y las retiene en las mazmorras de palacio donde tendría su harem personal. Y desde que tuve ese pensamiento deseo más que nada formar parte de él, sin miedo a estar equivocada.
Crucé la mirada con ella y me detuve, provocando que los dos guardias que iban tras de mí tropezaran conmigo. Desde que comencé mis raptos ninguna chica osaba mirarme, supongo que por miedo a que con ello yo me sintiera desafiada y se convirtiera así en mi próxima víctima. Era absurdo pensar que, a pesar de mi vestimenta y la de mi escolta, pudiera pasar desapercibida entre la escoria que abarrotaba el mercado, así que mi gente sabía quien era yo y qué iba a suceder. Pero ahí estaba ella, incendiando mi vientre y penetrando mi alma con su mirada teñida de un verde intenso, manteniendo mis ojos en los suyos como si quiera decirme que estaba allí para mí. Logré parpadear y fijarme en sus labios húmedos, recientemente lamidos y absolutamente apetitosos. "¿Me espera?¿Debo sucumbir y permitir que sea ella quien me atrape?". Esas preguntas absurdas desaparecieron cuando al repasar su cuerpo tropecé con sus pezones erectos. Se adivinaban rosáceos, desafiantes y agresivos bajo una fina tela blanca.
No pude desencadenarme de sus ojos hasta que dos manos férreas me aprisionaron. Me volví para zafarme pero permití que me llevaran al comprobar que eran dos guardas los que me llevaban. Al volver la vista al frente, ya no estaba. Desapareció entre el gentío dejando mi sexo al borde del abismo al que me llevó su mirada. Pude ver en ella que la perversión de sus entrañas se unía con mis fantasías oscuras. Me ofrecía lamer su hierro después de hacerlo ella. Lo hacía descender por mi mentón y lo marcaba poco a poco en mi cuello mientras su lengua resbalaba por mis labios. Rodeaba mi pecho punzando mi piel antes de devorar salvajemente mi pezón, solo por un segundo de lujuria desbocada. Después me atrapaba con sus ojos y me comenzaba a marcar un camino de fuego, como abriéndome en canal, desde el esternón hasta la ingle. Y allí, entre mis piernas, ocultaba su boca.
No me equivoqué. Su entrepierna de fuego era solo una señal externa del ardor que escondía ese cuerpo de pecado. El vicio y la perversión que corren por sus venas se asemejan tanto a mi sangre… Mis víctimas hasta ahora pedían, imploraban clemencia ante mis ataques desbocados. El miedo no les permitía descubrir el verdadero placer que se esconde tras el dolor que imparto con suma dulzura. Pero ella… ella me desafía y me obliga a llegar más lejos de lo imaginado. El sabor de su boca me pervierte, el de su sexo me incendia y el de su sangre… me hace delirar. No sé si quiero volver a mirarla. De momento solo me permito trazar líneas rojas sin sentido en su espalda, aunque sé que cuando comience a borrarlas con la lengua comenzará un camino sin retorno. Aquel que la llevará al más enorme orgasmo previo a la muerte. Ese que ella desea mucho más que yo.
Escribiendo en rojo
martes, 9 de agosto de 2011
viernes, 22 de julio de 2011
De aquellos días
Hoy es de aquellos días
en los que ardo por dentro.
De aquellos en los que una sola caricia
abre compuertas y libera la fuerza inmensa
contenida tras las paredes del tabú.
Hoy no importaría si el beso es privado,
en el centro de una plaza o en un bar.
El sabor de tus labios volará por los aires
barreras, normas, vergüenzas, reparos
y miradas lascivas llenas de envidia.
Hoy es de aquellos días en los que mi alma,
mi vida, no descansaría hasta oír mi nombre,
una sílaba, desbordando de tu boca abierta
mientras clavas tus uñas en mi carne.
en los que ardo por dentro.
De aquellos en los que una sola caricia
abre compuertas y libera la fuerza inmensa
contenida tras las paredes del tabú.
Hoy no importaría si el beso es privado,
en el centro de una plaza o en un bar.
El sabor de tus labios volará por los aires
barreras, normas, vergüenzas, reparos
y miradas lascivas llenas de envidia.
Hoy es de aquellos días en los que mi alma,
mi vida, no descansaría hasta oír mi nombre,
una sílaba, desbordando de tu boca abierta
mientras clavas tus uñas en mi carne.
miércoles, 20 de julio de 2011
Lucha
Me provocas. En todos y cada uno de los sentidos que le puedas dar a esas dos palabras. Sería como decir que me sulfuras, porque creas una reacción en mi interior que me acerca a los infiernos. No me transporta hasta allí abajo porque el enojo no se convierte en ira ni en odio. Ese sentimiento de intensidad y densidad descomunales se transforman en... no sé. En una especie de deseo recalcitrante y salvaje, pero a la vez controlado y vengativo.
Y es que ahora mismo te empujaría sobre la cama. Te ataría fuertemente de pies y manos para marcar sobre el catre mi objetivo con una X. Después cortaría tu ropa con unas tijeras. No importar si puedo desbotonar tu blusa o subir tu falda. No me importa. Lo que quiero es destrozar las capas que te cubren y que sientas el frío de la hoja resbalar por tu vientre y por el interior de tus muslos. Que oigas el chasquido al cortar y que la tela resbale sobre tu piel y que marque el camino que después seguirá mi lengua. Y no lo dibujaré con la punta. No. Te lameré obscenamente, con toda su superficie dejando un rastro de saliva entre tus pechos hasta llegar a tus labios, tu nariz, tu oreja... Seré tan cerdo que empaparé tu mejilla de saliva con enormes lenguetazos. Y después... después te susurraré al oído lo que pretendo hacerte.
De camino a tu sexo lameré tus pezones. Rozaré la locura un instante devorándolos y me despediré de ellos con un pellizco. Será entonces, en ese instante de dolor supremo, que te darás cuenta de que voy en serio. De que lo que realmente quiero es acabar contigo.
Daré bocados a tu vientre. A tu costado. A tus muslos y pantorrillas, y a la parte trasera de tus rodillas. Y después de eso, atacaré entre tus piernas. Hundiré mi lengua en tu interior y mis dientes darán zarpazos a tu deseo. Te comeré el coño. Literalmente. Degustaré tu interior a boca abierta dejando que tu calor fluído calme mi sed. Será delicioso saborear cada matiz de tus entrañas y distinguir tu deseo, tu amor, tu dolor, tu rabia y tus ansias en mis papilas gustativas. Lo haré con la calma del amante entregado y la furia del impulso primitivo. Y siempre intenso, hasta el momento en que tus movimientos me indiquen que vas a estallar.
Entonces me reitaré y escalaré tu monte y desde allí seguiré estimulando el pálpito de tu deseo con las caricias húmedas de mi lengua a izquierda y derecha, perpendiculares a la grieta de tu ser que comienza a emanar tu vida disuelta en jugos. Y no cesaré. Mi dedo, ese que te hace delirar, se introducirá despacio pero de manera firme. Con tímidos movimientos escarbará en tu vientre buscando otro orgasmo. Despacio. Saliendo para deslizarse por el puente vibrante que le lleva a tu ano y después volver a empaparse en esa fuente constante de deseo. Otra vez. Hasta adentro, lentamente, mientras mi lengua reitera sus caricias incesantes sobre tu clítoris enhiesto, pétreo, excitadísimo.
Me deslizaré en retirada atravesando de nuevo el puente, acariciando para después lamer lo prohibido. Lo que antes para vos era desconocido y que un juego te hizo descubrir. Los pocos movimientos que tus ataduras te permiten me pedirán que vuelva a provocarte ese dolor placentero. Y ahí tendrás mi pulgar, húmedo y lubricado justo a la entrada del deseo oscuro mientras mi boca bebe de un nuevo orgasmo, y me debatiré entre privarte de nuestro placer más nuestro y ganar, o lastimarte con una entrada fulgurante y así poder gritar contigo y perder.
Quiero caer derrotado y llorar contigo. Quiero vencer y llorar contigo.
Y es que ahora mismo te empujaría sobre la cama. Te ataría fuertemente de pies y manos para marcar sobre el catre mi objetivo con una X. Después cortaría tu ropa con unas tijeras. No importar si puedo desbotonar tu blusa o subir tu falda. No me importa. Lo que quiero es destrozar las capas que te cubren y que sientas el frío de la hoja resbalar por tu vientre y por el interior de tus muslos. Que oigas el chasquido al cortar y que la tela resbale sobre tu piel y que marque el camino que después seguirá mi lengua. Y no lo dibujaré con la punta. No. Te lameré obscenamente, con toda su superficie dejando un rastro de saliva entre tus pechos hasta llegar a tus labios, tu nariz, tu oreja... Seré tan cerdo que empaparé tu mejilla de saliva con enormes lenguetazos. Y después... después te susurraré al oído lo que pretendo hacerte.
De camino a tu sexo lameré tus pezones. Rozaré la locura un instante devorándolos y me despediré de ellos con un pellizco. Será entonces, en ese instante de dolor supremo, que te darás cuenta de que voy en serio. De que lo que realmente quiero es acabar contigo.
Daré bocados a tu vientre. A tu costado. A tus muslos y pantorrillas, y a la parte trasera de tus rodillas. Y después de eso, atacaré entre tus piernas. Hundiré mi lengua en tu interior y mis dientes darán zarpazos a tu deseo. Te comeré el coño. Literalmente. Degustaré tu interior a boca abierta dejando que tu calor fluído calme mi sed. Será delicioso saborear cada matiz de tus entrañas y distinguir tu deseo, tu amor, tu dolor, tu rabia y tus ansias en mis papilas gustativas. Lo haré con la calma del amante entregado y la furia del impulso primitivo. Y siempre intenso, hasta el momento en que tus movimientos me indiquen que vas a estallar.
Entonces me reitaré y escalaré tu monte y desde allí seguiré estimulando el pálpito de tu deseo con las caricias húmedas de mi lengua a izquierda y derecha, perpendiculares a la grieta de tu ser que comienza a emanar tu vida disuelta en jugos. Y no cesaré. Mi dedo, ese que te hace delirar, se introducirá despacio pero de manera firme. Con tímidos movimientos escarbará en tu vientre buscando otro orgasmo. Despacio. Saliendo para deslizarse por el puente vibrante que le lleva a tu ano y después volver a empaparse en esa fuente constante de deseo. Otra vez. Hasta adentro, lentamente, mientras mi lengua reitera sus caricias incesantes sobre tu clítoris enhiesto, pétreo, excitadísimo.
Me deslizaré en retirada atravesando de nuevo el puente, acariciando para después lamer lo prohibido. Lo que antes para vos era desconocido y que un juego te hizo descubrir. Los pocos movimientos que tus ataduras te permiten me pedirán que vuelva a provocarte ese dolor placentero. Y ahí tendrás mi pulgar, húmedo y lubricado justo a la entrada del deseo oscuro mientras mi boca bebe de un nuevo orgasmo, y me debatiré entre privarte de nuestro placer más nuestro y ganar, o lastimarte con una entrada fulgurante y así poder gritar contigo y perder.
Quiero caer derrotado y llorar contigo. Quiero vencer y llorar contigo.
domingo, 16 de enero de 2011
Sucio
- En una de las charlas con su marido, él me confesó que le obliga a perfumarse antes de hacer el amor.
La afirmación del terapeuta matrimonial la pilló por sorpresa, pero intentó disimular. Permaneció estirada en el diván, inmóvil, con la mirada perdida en la pared de enfrente. Lo que no pudo detener fueron los flashes de recuerdos que le sobrevinieron. Uno tras otro, como si alguien hubiera estado tomando fotos en aquella habitación tres años atras y ahora las estuviera viendo pasar ante sus ojos.
- En la primera entrevista que tuvimos -prosiguió- no me consta que usted ni Jorge me comentaran que tuviera fobia a ningún tipo de olor fuerte. Entiendo que ustedes pertenecen a una clase social bastante... refinada, por así decirlo; pero de ahí a romper una situación íntima para que todo huela bien...
La mente de Silvia ya no estaba en aquel lugar, ni tan siquiera en aquel momento. Se había transportado a un bar de mala muerte, la noche de su despedida de soltera. Estaba algo bebida y bailaba con sus amigas cuando sintió como aquella mano, aquellos cinco dedos, le agarraban la nalga derecha. La voz profunda que oyó susurrarle al oído le confirmó que esa fuerza debía provenir de un hombre rudo. Pero aquel olor... aquel olor penetrante a hombre fue lo que la hizo perder el control aquella noche. No el alcohol, ni el deseo desmedido de aquella mujer que se ba a casar virgen a los 26 años. Aquel perfume de macho en celo la penetró hasta las entrañas y la hizo mojarse al recibir un beso sin afeitar en su impecable cutis. El terapeuta seguía en el presente, esforzándose por traer a Silvia de vuelta.
- ¿Sabe lo que dijo Woody Allen? En una de estas cenas de gala después de la presentación de una de sus películas, oyó una conversación en uno de los corrillos que se formaron alrededor de las mesas de canapés. Escuchó que alguien afirmaba que el sexo era algo sucio y él no pudo evitar entrometerse diciendo: “¿Es sucio el sexo? Sólo si se hace bien”.
Silvia reaccionó a la defensiva. Se sintió ofendida y menospreciada.
- ¡No necesariamente! El sexo puede ser hermoso y perfecto con aromas de rosas y con sábanas limpias. De hecho, es de esa manera cuando más se disfruta. Cuando todo está en armonía y los cinco sentidos están dispuestos y entregados al placer. Y ahora, si me disculpa, debo irme. Nos hemos demorado demasiado y debo volver a casa.
No pudo aguantar. Al salir de la consulta entró en el bar más cercano, pidió un té y preguntó donde se encontraba el baño. Allí abrió el bolso y de él sacó el juguete con el que tres años atrás aquel mastodonte la sodomizó. Con los ojos cerrados, de pie, vistiendo tacones de aguja, la falda enrollada sobre sus caderas y las bragas por los tobillos empapadas en una mezcla de flujo y orina del suelo, comenzó a masturbarse recordando aquella sucia noche. Ya no eran imágenes lo que le invadían la mente, sino una mezcla salvaje de frases obscenas, sabores amargos, fluídos esparcidos, gritos soeces y dolores placenteros. Y como aquella noche saboreó la sangre, esta vez la suya, que brotó de la mano mordida por un orgasmo brutal. Y sucio.
La afirmación del terapeuta matrimonial la pilló por sorpresa, pero intentó disimular. Permaneció estirada en el diván, inmóvil, con la mirada perdida en la pared de enfrente. Lo que no pudo detener fueron los flashes de recuerdos que le sobrevinieron. Uno tras otro, como si alguien hubiera estado tomando fotos en aquella habitación tres años atras y ahora las estuviera viendo pasar ante sus ojos.
- En la primera entrevista que tuvimos -prosiguió- no me consta que usted ni Jorge me comentaran que tuviera fobia a ningún tipo de olor fuerte. Entiendo que ustedes pertenecen a una clase social bastante... refinada, por así decirlo; pero de ahí a romper una situación íntima para que todo huela bien...
La mente de Silvia ya no estaba en aquel lugar, ni tan siquiera en aquel momento. Se había transportado a un bar de mala muerte, la noche de su despedida de soltera. Estaba algo bebida y bailaba con sus amigas cuando sintió como aquella mano, aquellos cinco dedos, le agarraban la nalga derecha. La voz profunda que oyó susurrarle al oído le confirmó que esa fuerza debía provenir de un hombre rudo. Pero aquel olor... aquel olor penetrante a hombre fue lo que la hizo perder el control aquella noche. No el alcohol, ni el deseo desmedido de aquella mujer que se ba a casar virgen a los 26 años. Aquel perfume de macho en celo la penetró hasta las entrañas y la hizo mojarse al recibir un beso sin afeitar en su impecable cutis. El terapeuta seguía en el presente, esforzándose por traer a Silvia de vuelta.
- ¿Sabe lo que dijo Woody Allen? En una de estas cenas de gala después de la presentación de una de sus películas, oyó una conversación en uno de los corrillos que se formaron alrededor de las mesas de canapés. Escuchó que alguien afirmaba que el sexo era algo sucio y él no pudo evitar entrometerse diciendo: “¿Es sucio el sexo? Sólo si se hace bien”.
Silvia reaccionó a la defensiva. Se sintió ofendida y menospreciada.
- ¡No necesariamente! El sexo puede ser hermoso y perfecto con aromas de rosas y con sábanas limpias. De hecho, es de esa manera cuando más se disfruta. Cuando todo está en armonía y los cinco sentidos están dispuestos y entregados al placer. Y ahora, si me disculpa, debo irme. Nos hemos demorado demasiado y debo volver a casa.
No pudo aguantar. Al salir de la consulta entró en el bar más cercano, pidió un té y preguntó donde se encontraba el baño. Allí abrió el bolso y de él sacó el juguete con el que tres años atrás aquel mastodonte la sodomizó. Con los ojos cerrados, de pie, vistiendo tacones de aguja, la falda enrollada sobre sus caderas y las bragas por los tobillos empapadas en una mezcla de flujo y orina del suelo, comenzó a masturbarse recordando aquella sucia noche. Ya no eran imágenes lo que le invadían la mente, sino una mezcla salvaje de frases obscenas, sabores amargos, fluídos esparcidos, gritos soeces y dolores placenteros. Y como aquella noche saboreó la sangre, esta vez la suya, que brotó de la mano mordida por un orgasmo brutal. Y sucio.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
Esta noche te necesito
Hoy quiero recrearme en tu cuello
y pasarme horas describiendo círculos
con mi lengua lasciva, pero no abrasadora.
Mis manos te reconocerán lentas y seguras.
Mis dedos recorrerán senderos antiguos
con la ilusión de disfrutar del camino.
No de la meta.
No habrá encuentro de sexos. Sólo caricias.
Caricias lentas que destilen amor entre nuestras piernas.
Deseo en cada roce.
Borrachera en cada trago de aliento de tu boca.
Esta noche invadiré tu vida en cada mirada,
y matarás la mía con cada suspiro
para hacerme revivir con cada susurros.
Mis besos separarán tus muslos,
los tuyos coronarán mi deseo
y alimentarnos así de una pasión calmada.
Será una noche abrigada de orgasmos lentos,
de entrega absoluta por activa y por pasiva.
De abandono al placer hasta el alba.
y pasarme horas describiendo círculos
con mi lengua lasciva, pero no abrasadora.
Mis manos te reconocerán lentas y seguras.
Mis dedos recorrerán senderos antiguos
con la ilusión de disfrutar del camino.
No de la meta.
No habrá encuentro de sexos. Sólo caricias.
Caricias lentas que destilen amor entre nuestras piernas.
Deseo en cada roce.
Borrachera en cada trago de aliento de tu boca.
Esta noche invadiré tu vida en cada mirada,
y matarás la mía con cada suspiro
para hacerme revivir con cada susurros.
Mis besos separarán tus muslos,
los tuyos coronarán mi deseo
y alimentarnos así de una pasión calmada.
Será una noche abrigada de orgasmos lentos,
de entrega absoluta por activa y por pasiva.
De abandono al placer hasta el alba.
jueves, 7 de octubre de 2010
Crónicas (I)
Se quedó sola por petición propia. Quedaban pocos minutos para las nueve de la noche, hora de cierre del tanatorio, y pidió expresamente a los familiares y amigos que allí quedaban que la dejaran con su marido para, por fin, estar en calma con él y despedirse hasta el día siguiente.Lo miraba de arriba a abajo. En su mente se reproducían momentos de todo tipo vividos con el hombre que la colmó en todos los aspectos. O casi todos. Había sido un amigo en unos momentos muy delicados de su vida, nunca dejó de ser un compañero fiel y, en definitiva, su otra mitad en la vida. Aunque el sexo con él nunca llegara a ser del todo placentero con él a pesar del cuerpo tan bien (muy bien) proporcionado que tenía. Y menos aún en los últimos tres años en los que él estaba más inmerso en el trabajo que en cualquier otra cosa. Esa temporada empalmó después con la que comenzó cinco meses atrás en los que le diagnosticaron un cáncer de pancreas que resuló ser fulminante.
Si por una vez, una única vez, me hubieras dado el gusto de que folláramos los tres juntos...
De repente desapareció la angustiosa pérdida de sentirse arropada con unos fornidos brazos de hombre musculado cada noche, ni de despertarse con olor a café. Ese dolor amargo se vio reemplazado por el hecho de que nunca más iba a volver a tener su polla en la boca. En ese momento, allí, apoyada sobre la vitrina que cubría el cadáver de su marido, no apartaba los ojos de su entrepierna. Recordaba a aquel amante de la adolescencia que descubría en su cuerpo de diosa y su fogosidad de diablesa todo un mundo de experiencias. Rosa abrió instintivamente al sentir, tan realmente como le permitía su cuerpo carente de sexo desde hacía meses, esas lengua joven que le recorrían del ano a su sexo empapado. Podía incluso notar los besos ascendiendo por su espalda, y que acababan con un mordisco en el cuello al recibir la primera embestida. Y aquellas manos que le estrujaban los pechos y que estiraban de aquellos pezones tan duros que ahora parecían querer arañar el cristal que la separaba del miembro viril más hermoso que probó jamás. Ser penetrado por aquel amor de juventud mientras degustaba el sabroso placer de su marido era todo lo que quería en esta vida, pero él siempre se lo negó.
Tuvo la sensación, de repente, de que la observaban. Era el guardia de seguridad, que no osaba interrumpir el momento. Sólo cuando Rosa se volvió hacia él estirando un poco su ropa y arreglándose el pelo pudo pronunciar un "Señora..." a modo de advertencia de que su tiempo se había acabado.
No te preocupes, querida. Mandaré hacer un molde para que puedas tener tanta pollas de plástico como la mía para cuando yo muera. Así ya podrás cumplir tu deseo
Recordó sus palabras nada más salir del tanatorio, de camino al taxi que la esperaba fuera. Pero... ella no recordaba haber pedido uno.
sábado, 18 de septiembre de 2010
Necesito que me poseas... poseyéndote
Estoy tan enfadado, tan sumamente cabreado, que ahora mismo te agrediría. Es tanta la rabia que tengo, tan enorme la impotencia, que la ira se convierte en una fuerza tremenda que hincha toda mi musculatura. Toda.
Me hierve tanto la sangre que volvería a empujarte a la cama. Pero esta vez no me quedaría entre tus piernas comiéndote las bragas. Esta vez pienso arrancártelas sin mediar palabra alguna, ponerte boca abajo y subirte la falda para después penetrarte salvajemente. Y me dará igual que tus gritos sean de dolor o de placer, porque empotraré tu cara contra la almohada. Agarraré tu cabeza con mi mano y la hundiré en ese cojín mientras te atravieso una y otra vez, embistiéndote tan fuerte como pueda.
Me vengaré de esta injusticia que es tenerte tan lejos golpeando duramente mis caderas contra tus nalgas. Puede que incluso te deje respirar a veces tan solo para poder besarte y comprobar que te gusta que sea tan básico. Y me morderás. Morderás mis labios pidiéndome que siga castigando tu sexo. Y mi polla se meterá cada vez más profundamente en ti partiéndote el alma hasta hacer estallar la mía.
Duele tanto saber que la dueña de mi cuerpo no volverá a poseerlo ...
Me hierve tanto la sangre que volvería a empujarte a la cama. Pero esta vez no me quedaría entre tus piernas comiéndote las bragas. Esta vez pienso arrancártelas sin mediar palabra alguna, ponerte boca abajo y subirte la falda para después penetrarte salvajemente. Y me dará igual que tus gritos sean de dolor o de placer, porque empotraré tu cara contra la almohada. Agarraré tu cabeza con mi mano y la hundiré en ese cojín mientras te atravieso una y otra vez, embistiéndote tan fuerte como pueda.
Me vengaré de esta injusticia que es tenerte tan lejos golpeando duramente mis caderas contra tus nalgas. Puede que incluso te deje respirar a veces tan solo para poder besarte y comprobar que te gusta que sea tan básico. Y me morderás. Morderás mis labios pidiéndome que siga castigando tu sexo. Y mi polla se meterá cada vez más profundamente en ti partiéndote el alma hasta hacer estallar la mía.
Duele tanto saber que la dueña de mi cuerpo no volverá a poseerlo ...
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